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Mutua Indiferencia [Privado Espino Plateado y Faisán]

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Mutua Indiferencia [Privado Espino Plateado y Faisán]

Mensaje por Faisán el Lun Mar 21, 2016 1:44 pm

El calor podía palparse por todos los lugares del bosque. El ambiente se había caldeado bastante desde que la estación Sin Hojas se había esfumado del bosque. La estación de la Hoja Nueva entraba a las inmediaciones del gigantesco bosque haciendo que la escarcha, que antes había adornado con su precioso manto blanco el suelo forestal, se comenzara a fundir y a hacer que el suelo se tornara mucho más blando, provocando que cada vez que un animal daba un pequeño paso se hundiera, puesto que el barro comenzaba a ser espeso. Los árboles habían comenzado a forrarse de hojas nuevamente mientras que las flores comenzaban a desperezarse de su largo letargo y comenzaban a florecer para hacer que el paisaje se viera hermoso y colorido una vez más.

La hierba verde que antes había adornado el suelo del bosque antes de que las hojas de los árboles y la escarcha las cubrieran, comenzaron a extenderse por todos los lugares, haciendo del bosque un lugar aún más fértil de lo que parecía a simple vista. Incluso los animales que habían estado invernando durante toda la estación Sin Hojas habían comenzado a salir de sus guaridas para comenzar a buscar comida y aumentar su tan preciada masa corporal. Después del largo letargo que habían tenido que pasar en aquellas duras lunas, lo único que deseaban aquellos animales era buscar algo que pudieran echarse a la boca y llenarse las panzas vacías. Su única prioridad en aquellos momentos era la de encontrar algo y ganas masa corporal. Y, claramente, que ningún depredador los atrapara en el intento.

Un gato de largo pelaje gris y blanco caminaba por las inmediaciones del bosque. Sus ojos miraban hacia el frente con una seriedad glacial, casi sepulcral. Con cada paso que daba, sus patas se hundían en la tierra debido al barro que se había formado al fundirse las últimas escarchas de la estación Sin Hojas. Iba caminando con ligera lentitud. No tenía ninguna prisa por llegar a su lugar de destino. No tenía ningún interés en pararse a contemplar lo que la nueva estación le estaba ofreciendo. Con aquel calor comenzaba a sentir pequeños picores debajo de su largo pelaje gris y blanco. La estación de la Hoja Nueva siempre había sido una de las peores estaciones para él, no sólo porque su largo pelaje le incomodara, sino porque en aquella estación nacían más cachorros y tenía que quedarse más tiempo en el campamento.

No soportaba mucho tener que quedarse confinado en el campamento para estar pendientes de que las reinas no se pusieran de parto mientras él no se encontraba en su puesto de trabajo. Pero tampoco soportaba el hecho de tener que quedarse confinado en aquel lugar demasiado tiempo. Él también tenía que salir para recoger hojas y hierbas que pudieran ayudarle en su labor con las reinas y los heridos. No confiaba en los aprendices del clan para que le trajeran los ingredientes que necesitaba. ¿Y si un estúpido aprendiz le traía una baya mortal para que pudiera ayudar a los heridos? ¿De qué le iba a servir a él una baya mortal? ¿Es que acaso quería que matara a un gato para que dejara de sufrir? Aunque esto último le hizo recordar un hecho del pasado ya algo lejano.

Podía recordar que era la estación Sin Hojas, pero aquella estación había sido mucho más fría y más violenta que la que habían conseguido pasar en las últimas lunas. Los gatos del Clan de la Sombra se habían enfermado por culpa de una rara enfermedad que asoló con la vida de muchos de sus gatos. Muchas vidas se perdieron a causa de la enfermedad que transmitían las ratas que vivían en el vertedero que se extendía un poco más al este de donde se encontraba su propio campamento. Un aprendiz llevó un día una rata muerta al campamento. Sin embargo, lo que el aprendiz no sabía era que aquella rata muerta sería la causante de semejante desastre. Él le había suplicado al líder de aquellos días que se llevaran a la rata lejos del campamento, que sería una locura dejarla en el interior del campamento.

Sin embargo, el líder hizo caso omiso de sus advertencias. Por aquellos tiempos él aún era un aprendiz del principal curandero del clan, pero sabía perfectamente lo que decía. Las ratas podían transmitirles a los gatos raras enfermedades que podían causar su muerte. Y eso fue exactamente lo que ocurrió en el clan, incluso aquella enfermedad se cobró con la vida del antiguo líder. Fue gracias a su mentor que pudieron erradicar aquella extraña enfermedad, pero el Clan de la Sombra había quedado débil y con un puñado de guerreros para que ejercieran su labor. Con un par de sacudidas de su enorme cabeza gris y blanca, Faisán disipó aquellos espeluznantes pensamientos de su cabeza. Ahora resulta que se ponía sentimental pensando en cosas que ocurrieron en el pasado.

El felino gris y blanco salió por la entrada del túnel que comunicaba el territorio del Clan de la Sombra con el territorio del Clan del Trueno y comenzó a caminar hacia el interior del territorio de este último. Necesitaba un par de hierbas que sólo crecía en los terrenos del Clan del Trueno. Su condición de curandero lo protegía de que los gatos de dicho clan le atacasen de manera hostil, pero en cierta medida no le gustaba mucho introducirse en el territorio del Clan del Trueno. Aquel bosque le ponía los pelos de punta. No era como el territorio del Clan de la Sombra, donde las ciénagas dominaban una parte del territorio y casi siempre se comían reptiles. En aquel lugar todo parecía extrañamente… tranquilo. Se sentía como si algo fuera a saltarle encima en cualquier momento desde algún punto de la espesa maleza.

Sin embargo, él mismo no se caracterizaba por ser un gato que expresara sus pensamientos y demostrara sus sentimientos en voz alta. Él prefería callarse todo lo que sentía y siempre adoptar una postura de simple indiferencia. ¿Qué le importaba a él lo que los clanes pudieran hacer entre sí? Lo único que le importaba es que sus compañeros de clan tuvieran una excelente salud y una buena condición física. A él no le interesaba para nada lo que los otros gatos de los otros clanes del bosque hicieran. Por eso siempre iba caminando como si no le importara nada de nada lo que hicieran, porque en verdad era así. Un olor le atenazó las fosas nasales e hizo que levantara su mirada ambarina, aburrida, para posarla sobre unos setos un poco más alejados de donde se encontraban. Gatos del Clan del Trueno, piensa para sí mismo el curandero con cara de indiferencia.
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